domingo, 18 de mayo de 2014

Taller de séptimo grado.

Lee atentamente el siguiente texto y prepárate para la evaluación programada.

UN VERANO MUY PROMETEDOR
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Se conocieron durante el verano. Nico tenía una casa en Oropesa, muy cerca del mar, y todas las tardes iba a buscar mejillones y a bucear a la costa rocosa. En un pequeño acantilado estaban nadando Laura, Sebas y Fede, tres chicos que allí veraneaban. Al poco rato todos estaban arrancando mejillones, llenando el cesto de Nico. Éste, como recompensa, les invitó a cenar.
Pronto se hicieron muy amigos. Quizá el motivo fue que cada uno, a primera vista, era muy diferente de los otros. A Nico le gustaba cantar. Toda la tarde estuvo con la tonadilla de una vieja canción de Villaje  People, pero un poco modificada: “¡En la Armada los siete mares surcarás, en la Armada y los amigos los tendrás, en Granada, en Granada…!”
Laura era más bien tímida. Por lo menos, tardó bastante en conversar con el nuevo amigo. Fede, su hermano, por el contrario, hablaba por los codos. Además era un fantasioso, preguntando cosas totalmente irreales: “¿Hay pulpos con dos cabezas?, ¿los mejillones tienen perlas…?”. También quería hacerse el gracioso, haciendo chiquilladas. Sebas era el mayor de los cuatro con sus quince años. Fede, que aún no había cumplido los catorce, era el más joven. Sebas no se tomaba las cosas a la ligera. Se reía poco. Todos le consideraban el jefe, por ser el mayor y el más responsable.
Laura Y Fede pasaban todas sus vacaciones, desde hace bastantes años, con la familia de Sebas. Su padre, el señor Tomás, que era contramaestre de un buque mercante, les acompañaba muchos días a buscar moluscos, a recorrer algunos barrancos y a bañarse. Por las tardes, en una pinada cercana, les embelesaba con las explicaciones de su vida en alta mar: incierta y muchas veces peligrosa.
Les causó tanta impresión a estos muchachos las charlas del señor Tomás que no cejaron hasta convencer a sus padres para que les dejaran acompañarle en el próximo viaje. Realmente fue muy difícil porque lo que querían era insólito: viajar en un gran buque mercante durante unos meses por toda América. Lo arreglaron todo para poder retrasar un trimestre los estudios convencionales, realizando lo que se llama enseñanza doméstica. Estudiarían las materias bajo la supervisión del padre de Sebas, que se comprometió en su educación. A la vuelta se examinarían. ¡Sería una experiencia extraordinaria!
Ya pasaba un mes desde que se había quedado solo cuando Nico recibió un telegrama. ¡Lo remitía Sebas desde Bilbao!: “PRÓXIMO VIAJE SEPTIEMBRE. SALIDA DE BARCELONA. PRONTO NOTICIAS. ABRAZO.”
Laura y Fede habían recibido el mismo mensaje.

Taller octavo grado.

querido estudiante, lEE el siguiente texto y PREPÁRATE para la EVALUACIÓN la PRÓXIMA clase.


LA TRAGEDIA DE TRAFALGAR


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Sebas seguía con su lectura de Trafalgar, escrita por Benito Pérez Galdós. Es una novela que forma, junto a otras, los llamados Episodios Nacionales, que narran momentos históricos de seis largos años de guerra contra Napoleón, durante la Guerra de la Independencia, desde la sublevación en Madrid en 1808.
En ésta se narra la batalla de Trafalgar, en la que españoles y franceses lucharon contra Inglaterra. Se detuvo en estos párrafos:
“...Todavía me dan ganas de llorar cuando me acuerdo de don  Dionisio Alcalá Galiano, el más valiente brigadier de la armada. Eso sí: tenía el genio fuerte y no consentía la más pequeña falta; pero su mucho rigor nos obligaba a quererle más, porque el capitán que se hace temer por severo, si a la severidad acompaña la justicia, infunde respeto, y, por último, se conquista el cariño de la gente. También puede decirse que otro más caballero y más generoso que don Dionisio Alcalá Galiano no ha nacido en el mundo. Así es que cuando quería obsequiar a sus amigos no se andaba por las ramas, y una vez en La Habana gastó 10.000 duros en cierto convite que dio a bordo de su buque.”            
Como le gustaban tanto las historias marineras, a Sebas ya se veía encarnando aquel personaje tan importante de nuestra historia naval. Continuó leyendo: 
“...Le contaré a usted lo que pasó en el “Bahama”. Desde que empezó la batalla, don Dionisio Alcalá Galiano sabía que la íbamos a perder, porque aquella maldita virada en redondo... Nosotros estábamos en la reserva y nos quedamos a la cola. Nelson, que no era ningún rana, vio nuestra línea, y dijo: “Pues si la corto por dos puntos distintos y les cojo entre dos fuegos, no se me escapa ni tanto así del navío”. Así lo hizo el maldito, y como nuestra línea era tan larga, la cabeza no podía ir en auxilio de la cola. Nos derrotó por partes, atacándonos en dos fuertes columnas dispuestas a modo de cuña, que es, según dicen, el modo de combatir que usaba el capitán moro Alejandro Magno, y que hoy dicen usa también Napoleón. Lo cierto es que nos envolvió y nos fue rematando barco a barco de tal modo que no podíamos ayudarnos unos a otros, y cada navío se veía obligado a combatir con tres o cuatro.”


lunes, 31 de marzo de 2014

Comprensión lectora 9° grado.
Lee con mucha atención la siguiente lectura y prepárate para la evaluación de comprensión lectora planeada

EL HOMBRE DE LA GORRA MARRÓN  
   
 No hace mucho tiempo paseaba por la ciudad  un  hombre  que  llevaba  puesta sobre su cabeza.  Una gorra  de  color  marrón.  Al  llegar  a  la  estación del ferrocarril, el hombre se metió en el vestíbulo y se detuvo  a contemplar a la gente que entraba y salía cargada con sus maletas, sus bolsas y sus carteras. En esas estaba cuando, de pronto, exclamó con voz alta.
     -¡Vaya, vaya! 
    A continuación abandonó  la  estación  precipitadamente  y  siguió    paseando.
     Poco después, el hombre  de  la  gorra  marrón  llegó  a  un  paso    subterráneo. Observó detenidamente la entrada del túnel y se introdujo   en él caminando por una acera estrecha,  que estaba  separada  de  la   calzada por una peque valla Y cuando  se  encontraba  en  medio  del  túnel, se detuvo a ver cómo los coches pasaban a toda velocidad en una   y otra dirección. Poco después gritó:
    -¡Vaya, vaya! 
    Inmediatamente el hombre continuó su camino mientras el eco de sus   palabras se confundía con el rumor de los coches.
    A la salida del túnel había  un  edificio  muy  alto  con  grandes  ventanales oscuros. Tenía todas las ventanas cerradas y desde fuera no   podía verse lo que la gente hacía en el interior puesto que los cristales hacían el efecto de un espejo en el que se reflejaban el cielo y las nubes. El hombre de la gorra marrón se detuvo frente  al  edificio  y esperó a ver si alguien abría alguna  de aquellas  ventanas.  Pasó  el  tiempo y las ventanas permanecían cerradas. Entonces nuestro hombre  dijo casi gritando:
    -¡Vaya, vaya!
    Y volvió a esperar a que ocurriera algo.
    Cuando vio que todas las ventanas continuaban cerradas a cal y canto, gritó de nuevo, y esta vez con mucha más fuerza:
    -¡Vaya, vaya!   
    Y tras esto, continuó satisfecho su camino.
    Pasado un rato, el hombre de la gorra marrón llegó  a  un  parque  muy bonito en el que había un pequeño lago. La gente paseaba plácidamente por la orilla y se sentaba de vez en cuando en unos bancos pintados  de  rojo a contemplar cómo paseaban los demás. También había muchas madres y abuelos que empujaban sillitas de bebé, ancianas que echaban miguitas de pan a las palomas, niños que corrían hacia ellas para asustarlas y verlas salir volando, gente de todas las edades que corría,  saltaba  y  hacía  deporte... Y, a la orilla del lago, había un empedrado donde se habían   sentado parejas de enamorados y grupos  de  jóvenes  que  tocaban  la guitarra.
     Justo en el centro de aquel parque se alzaba una escultura en la que  se representaba a un joven desnudo y frente a él un ave de  rapiña.  El  joven señalaba con su mano derecha al ave y elevaba la otra mano  hacia  el cielo.
    El hombre de la gorra marrón se detuvo ante aquella  estatua.  Luego  miró en derredor y estuvo contemplando un buen rato a la  gente. Y, de  repente, volvió a gritar a pleno pulmón:
    -¡Vaya, vaya! 
    Algunas personas que paseaban por el parque se pararon curiosas y se  quedaron esperando a ver si aquel hombre decía o hacía algo más. Pero él se limitó a emprender de nuevo su camino sin añadir ni media palabra.
    Y andando, andando, el hombre de la gorra marrón  llegó  a  un  gran  edificio gris que estaba situado en una amplia  avenida. Delante  del edificio había muchos coches de policía aparcados.  El hombrecillo  se  detuvo ante la puerta y gritó en tono decidido:
    -¡Vaya, vaya! 
    Al instante salieron precipitadamente  de  aquel  edificio  algunos policías, arrestaron al hombre de la gorra marrón y le introdujeron  en  la comisaría. Allí le cachearon para  ver  si  llevaba  armas  y le interrogaron a fondo. Después de comprobar que el hombre  de  la  gorra  marrón no pretendía nada malo, le sacaron de la comisaría y le dijeron:
    -A nosotros no nos hace ninguna gracia que usted vaya gritando por todas partes "¡Vaya, vaya!". Pero como no hay ninguna ley escrita que prohíba decir por la calle "¡Vaya, vaya!",  tenemos  que dejarlo  en    libertad. 
    Y ¿sabéis lo que en aquel mismo momento respondió  el  hombre  de la  gorra marrón?
     Sí, exactamente eso.
            Franz Hohler.  El bloque de granito en el cine. (Adaptación)